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viernes, agosto 26, 2011

Ella no era Ella. ¿Y yo, era Yo?

Tus manos corrían algunos cabellos, que impulsados por quizá sus propios deseo, estaban posados en la comisura de tus labios – y no los culpo, porque los entiendo; yo haría lo mismo – Perdón. Sus manos. Aún creo ella es Ella.

Los mismos gestos en su rostro; la misma sonrisa que ilumina a las personas. Pero ella no era Ella. Creí que me era imposible recordar su rostro, hasta que la vi, creyendo que ella era Ella. Pero ella no era Ella. Sus mismos ojos marrones, cristalinos, húmedos de vida y poco amor, cegados quizá por el recuerdo de todo lo que es, por todo lo que no fue. Esos ojos que creían que, después de todo, todo es nada. Que todo termina siendo la suma algebraica de momentos que dan por resultado nada.

Las mejillas rosadas de tanto sentimiento arraigado al deseo etéreo, de tantos recuerdos friccionados contra el pecho. Y contra la cara interna de los párpados. “Me tatuaría tu rostro dentro de mis párpados para verte cada noche al dormir”. Quizá ella, que no era Ella, estaba pensando en ello. O seguramente no. Porque fue Ella quien lo dijo, no ella.

Podía escuchar su corazón latir acalambrado, exhausto de tanto latido abatido, ahogado en lo salado de lágrimas estériles, abotagado de tanta vena sangrante. Pudiendo entender que tapar y callar nunca resuelve nada, pero se camufla como la mejor solución posible. Escapar. Ella no era ella.

“No sé quién pueda comprobar si todo es una foto”. No sé. Pero ese momento era una foto. Sentada ella, o Ella, no sé. Sentado yo. Enfrentados ambos. Vernos sin sentirnos. Los dos pares de ojos buscando otros dos pares de ojos. Pero encontrando nada, como siempre.

Tengo la seguridad que ella, no queriendo serlo, era Ella.

sábado, diciembre 18, 2010

Corazón y pedacitos de corazón

Hoy salí de casa, con menos esperanzas de las que nunca tengo, con menos palabras de las que soy dueño y con el corazón en mis manos. Si es que eso puede llamarse corazón después de todo, después de nada. Porque lo que realmente llevaba en aquellas manos mías, eran, literalmente, pedazos de algo que alguna vez fue, piezas hechas jirones deshilachados de aquella carne trémula que alguna vez supo ser, fibras desgarradas por el paso de las emociones y oxidadas por el paso del tiempo. Esguince de aurículas y ventrículos quizá. Caminaba sin mirar mis pasos en el suelo y con la idea de que todos harían un paso al costado para dejarme pasar, hasta alguno quizá se ofrecería a enmendar aquellas piezas desparramadas por mis manos. Pero no. Así caminaba, mirando mis manos, hasta que de repente otras manos me detuvieron porque esas envolvieron a aquellas. Ella envolvió con sus manos las mías y las apretó. Y era capaz de sentir como mi corazón, disculpas, como los pedazos de mi corazón se apretaban entre sí y contra la piel de mis manos que los aprisionaban, y nada podía hacer, mis fuerzas no estaban. Podía sentir cómo aquellos trocitos se ahogaban en sus últimos latidos asfixiados y cómo dejaban manar la sangre que alguna vez les dio vida. Cuando ya era todo silencio, entre nosotros, entre y dentro de nuestras manos, quise ver su rostro, porque no me había percatado de mirar sus ojos, de ver que expresión tendrían sus mejillas al ver que las mías se estrujaban de pena, ver que mueca se dibujaba en su boca al ver que la mía ni una palabra era capaz de hacer brotar. Cuando levante la vista nada había, nadie estaba. Cuando bajé la vista a mis manos, tampoco nada había. Todo había desaparecido. No había corazón, disculpas una vez más, no había pedacitos de corazón, no estaba aquella sangre que había sentido manar de ellos, no había otras manos que acunaran las mías. Ahora menos que siempre, fui incapaz de pronunciar palabra alguna. De hacer mueca alguna. Quise gritar mis silencios pero tampoco pude. Quise correr mis pasos pero tampoco pude. Quise respirar mis ahogos pero tampoco pude. Quise hacer nada pero tampoco pude. Por eso seguí caminando, con las manos juntas delante de mí, porque ahora quería que volviese a su lugar aquello que primeramente había sido hecho añicos, y que ahora había sido robado: mis pedacitos de corazón, disculpas…mi corazón.

lunes, noviembre 01, 2010

de aquel corazón roto en pedazos

Yo lo vi caer. Yo fui testigo de su caída. Como si hubiera recibido una flecha certera, que impacta su objetivo justo en donde debía de impactar, como aquel guerrero que cae en medio de la batalla derrotado, como un viejo árbol alcanzado por un rayo en una cálida noche de tormenta. Así lo vi caer. Como un cántaro soltado por la mano que lo sostiene, entregado a los efectos de la gravedad y las leyes de Newton. Así cayó. En silencio, abatido, y se desparramó en mil pedazos, en miles de ellos quizá. Así fue como mi corazón cayó a sus pies cuando la vi.