21 de Marzo. Una fina lluvia cae sobre el suelo. Las gotas claman sus penas en su camino al silencio, pero antes de extinguirse estridulan su último martirio: un destino decidido de antemano; caer, caer, caer, caer hasta esfumarse, no sin antes dejar este mundo estrellándose en algún suelo, en alguna dura baldosa de inmutable granito, para finalmente elevarse por culpa del Sol, aglomerarse con otras miles de gotas de agua para nuevamente caer, caer, caer, caer, y repetir el ciclo. El ciclo del agua, dicen los libros insulsos. Sí, hoy es 21 de marzo, y está lloviendo. Y está comenzando el otoño por estos lugares. Todo comienza a llenarse de una lúgubre atmósfera que nada tiene que ver con aquella atmósfera que a todos nos dijeron que está formada por capas y que la surcan aviones y moléculas ionizadas por igual. Las hojas de muchas plantas comienzan a dejarse arrastrar por los colores de los beta carotenos y sus secuaces, derivados esterificados con, vaya uno a saber, qué moléculas.
Parece ser que este Otoño viene denso, che. O no sé. Quizá sea que es tiempo de que las hojas de acero comiencen a surcar sus caminos en un trazo longitudinal, y no perpendicular a mis venas, porque así el proceso es más fructífero; y todo redunda en que aquel enérgico magma hemoglobinizado pueda al fin liberarse en caudales que emanen al viento y el ardor de una herida abierta pueda poner fin - ¡al fin! – al dolor de una herida cerrada. Sépame disculpar Señor Eduardo Galeano: Las Venas Abiertas, de Carlos Marcelo Bustos Dalbesio. Como hoy es 21 de Marzo, uso el apellido legado de mi Madre también.
Los dedos. Mis dedos. Los siento diferentes ¿Cómo diferentes Carlos, Charly, Charles, Charls, Cacho, Cachp, Marcelo? Así de diferentes, como todos esos nombres que redundan en una (mi)sma persona. Y los siento como más vulnerables, como si cada vez que hago un bend – cuando mi guitarra se entrega en cuerpo y cuerdas, pobrecita – la carne se entremezcla con el acero de las cuerdas y se entrega al recóndito placer de abrirse y dejar libre a su líquido bálsamo rojo, y es como si las notas menores fueran aún más tristes y penetraran en el alma de acero del mástil para luego dejarse escapar en un cuasi lamento ahogado por un cóctel de tristeza batido con soledad.
Soledad. Soledad. “Soledad tómame de la mano, esta vez no aprietes demasiado. Ya conozco el dolor. Soledad”… Así dirían los de Bacilos. Hoy yo les hago los coros.
Cómo hacer para poder aglutinar todo esto en este tiempo. Cómo hacer para aglutinar algunos sentimientos divorciados; más aquellos traumas no superados que no son míos, pero que me los colocan en mi mochila; y caminar de la mano de esta tristeza que algún día llegó para quedarse y que nunca me suelta de la mano; y mantenerse firme por caminos plagados de riscos y expectativas abismales que tampoco son mías, sumados a una ayudantía en la cátedra de Orgánica I….y ya no sé qué más…