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domingo, marzo 09, 2014

Fragmentos de un Sueño

Los 4 hombres caminábamos hacia aquel restaurante, desconocido, en esa calle luminosa, tremendamente luminosa, pero más desconocida aun. Mi Hermano se detuvo en la misma puerta del local, luego de haber subido unos cuantos escalones. Yo venía conversando con aquel señor de edad, que no recuerdo saber exactamente quién era. Le pregunté si llamaban “El Campito” a aquel complejo de canchitas de fútbol del que me hablaba, a lo que me respondió con una negativa, que en aquella época  su nombre no era “El Campito”. Fue en ese momento que mi Hermano, de pie en la entrada, dijo: “Era mejor en esos años, porque uno jugaba y, salvo por Maradona o Pelé, uno creía que era el jugador que todos se peleaban por tener en su equipo”… Mi padre, de pie a mi izquierda, hizo un gesto ruidoso, que sonó a sarcasmo. Pero en mí, algo se había roto; y todo se había disociado, como si un fino velo que había cubierto  mis ojos hubiese sido atravesado por una hoja metálica plateada y filosa, y empezara a rasgarse en un ensordecedor grito silencioso y hubiera dejado expuesta esa verdad escondida, hasta entonces. Y comencé a comprender, las piezas empezaban a encajar, las aristas antes distantes se unían perfectamente, en un proceso de auto ensamblaje del que yo mismo no tenía incidencia, del que solamente era un mudo espectador. La niñez nos abandona, y la adultez nos llega, cuando empezamos a dejar de creer que somos el héroe de nuestra propia existencia.
El despertador gritó. Lo siguió haciendo. Me quedé algunos momentos en mi cama; pensando, pensando, pensando en lo que había soñado, en lo que se me había revelado. La madrugada estaba en su zénit, en su apogeo. Curiosamente, una tranquilidad inusual me había dominado por completo. Apagué el despertador, sabiendo lo que tenía que hacer: prender la computadora y sentarme a escribir.  

viernes, enero 11, 2013

La baranda


Crucé el ventanal que me llevaba de cara a la calle, pero más arriba que la calle en sí misma. La miraba desde un segundo piso. Llegué hasta la baranda que separaba (¿acaso lo separaba?) el suelo ¿acaso firme? del éter y puse mis manos en ella. Pensé un momento, y al siguiente, acomodé mis antebrazos en la misma baranda, dejando caer levemente el cuerpo. Levanté la cabeza y vi que esa Luna estaba colgada del cielo oscuro, rodeada de varias estrellas y nubes. Rodeada de madrugada. Era curioso, acercarse hasta una baranda y no pensar en saltar al vacío, quizá sólo con el ferviente deseo de sentir el aire cortándome la piel, quizá con el deseo de algo más… Simplemente estar apoyado en ella, confiando en su seguridad inmaterial, de garantías invisibles. Cambié. Esa fue la respuesta a una pregunta que fue tan tácita como jamás pronunciada. Y mi cabeza tenía nuevamente combustible para quemar, huesos para roer hasta dejar la médula oxidándose en el aire vivo. Evité hacer la siguiente pregunta que se desprendería de la primera; decidí prescindir de hacerla porque la respuesta ya estaba en la puerta de la mente. Ella. Estaba a la par mía, diciéndome que la noche estaba fresca, hermosa. Y cuánto habría por descubrir en esa sonrisa lábil, en esos ojos brillantes de juventud,  en ese cuerpo que ofrecía cobijo… cuánto. Cuánto. Y por dentro de mí, corría el dilema del erizo corrompiendo lo más humano y terrenal que tenemos. Había que decir algo, había que hacerla reír, había… y mis recuerdos ya no recuerdan.
Sólo me quedé con el sabor del momento, con el fresco de la madrugada en los labios, y su sonrisa jugueteando ruidosamente por los pasillos de mi alma, prendiendo la luz donde por años la oscuridad había sido dueña y señora.

martes, noviembre 13, 2012

Solamente yo mismo.


Podría inventar, o mejor dicho, encadenar palabras unas con otras, darles un sentido metafórico, que sean mieles para tus oídos, pero que de ninguna manera dejen de ser simples utopías. Podría, sí, soy capaz de decirte bien cerca de tu oído que viajaría a la Luna, robaría un trocito de ella misma y lo traería para que cada vez que la mires sepas que estuve ahí por Ti. O podría decirte que en tus ojos, el Sol brilla como en ninguna otra parte. O quizá, que si vez, un día cualquiera, que una abeja se enreda en tus cabellos es porque son más dulces que el néctar que puede libar de cualquier flor. Que mi corazón late porque el tuyo lo hace, y juntos entonan un ritmo plácido que más que a sístole y diástole suena a campanas de cristal bajo la luz que penetra en algún mar olvidado del Edén. Y la lista podría continuar con algunas frases más.
Podría prometerte que serás el amor de mi vida. Que toda mi vida es tuya, que mi vida está en tus manos. Que juntos vamos a construir una vida llena de alegrías, como el canto de un quetupí. Que juntos podríamos buscar perlas de luz en las noches más calurosas de esta ciudad gris, y en las más frías, darnos calor con melodías suaves y sencillas cantadas al unísono al abrigo de la luz tenue de nuestro cuarto.
Podría. Pudiese. Puedo. No serían más que mentiras escondidas bajo las sedas de palabras dulces, tiernas, que ocultan la simiente de algo que nunca dará una flor.
Porque prefiero, sencillamente, decirte que soy éste que vez delante de Ti. Temblando, nervioso, de manos heladas y ojos tristes. Que no tengo casas para ofrecerte; que quizá no viajemos demasiado lejos; que autos no me gustan manejar; que normalmente hablo mucho menos de lo que pienso; que algunos miedos se enquistaron y son inmunes a mis embates de canciones de aliento y lecturas de motivación; que la química me seduce. Que sólo tengo este par de brazos a los que les puedes pedir que te abracen cuando lo desees; que este par de manos ansían enredarse en tus cabellos, desordenarlos, para luego disfrutar acariciarlos; que solamente puedo llegar a ser este par de labios que desean morir posándose en los tuyos; que sólo soy este cuerpo en el que puedes encontrar calor cuando lo necesites. Que después de todo, solamente soy un par de manos que escriben lo que un par de labios no se animan a decir.


* El texto lo escribí hace más de un año (figura en el archivo de Word con fecha del 1º de Agosto de 2011). Sabrá Dios pensando (o sintiendo a quién) lo habré escrito jaja. Lo presento a falta de algo más novedoso :P 

viernes, julio 20, 2012

Luz


Te miro. Te miro en esta mañana. Tu dormida, quizá viajando por universos nuevos y magníficos. Yo mirando la forma en la que respiras, sin sonidos, con calma, y deseando ser ese aire que por un momento vivió dentro de ti. Miro tus ojos, cómo ellos apenas se mueven, quizá porque saben que los miro y se sonrojan. Miro tus labios rosados, en los que se dibuja una mueca neutra. Miro la luz que entra por aquella ventana, y se cuela por entre la cortina, bañando cada parte de tu piel, mezclándose con el aire y haciendo que brille en una caricia tornasolada. Y así te miro, por un tiempo que pierde su esencia, y se resbala por entre las sábanas, y de nuestras manos. Y no puedo contener el deseo de pasar una mano sobre los cabellos que reposan sobre tus mejillas. Y entonces, suavemente, te mueves y abres una vez los ojos. Y sonríes. Y los cierras, porque aun la luz es demasiado brillante. Los abres nuevamente, y mirándome buscas los míos, espejos de los tuyos. Entonces vuelves a cerrarlos, y respiras con fuerza y te mueves aún un poco más. Y para entonces, yo cierro mis ojos, esperando que caigas de boca sobre mi boca. Y cuando la oscuridad ya ha alzado la voz de la victoria, siento tus labios, y ya todo cobra sentido. Y puedo verlo. Y es en ese instante, en que Tú te vuelves luz, en esa luz al final del túnel. Del oscuro y gótico túnel…   

viernes, agosto 26, 2011

Ella no era Ella. ¿Y yo, era Yo?

Tus manos corrían algunos cabellos, que impulsados por quizá sus propios deseo, estaban posados en la comisura de tus labios – y no los culpo, porque los entiendo; yo haría lo mismo – Perdón. Sus manos. Aún creo ella es Ella.

Los mismos gestos en su rostro; la misma sonrisa que ilumina a las personas. Pero ella no era Ella. Creí que me era imposible recordar su rostro, hasta que la vi, creyendo que ella era Ella. Pero ella no era Ella. Sus mismos ojos marrones, cristalinos, húmedos de vida y poco amor, cegados quizá por el recuerdo de todo lo que es, por todo lo que no fue. Esos ojos que creían que, después de todo, todo es nada. Que todo termina siendo la suma algebraica de momentos que dan por resultado nada.

Las mejillas rosadas de tanto sentimiento arraigado al deseo etéreo, de tantos recuerdos friccionados contra el pecho. Y contra la cara interna de los párpados. “Me tatuaría tu rostro dentro de mis párpados para verte cada noche al dormir”. Quizá ella, que no era Ella, estaba pensando en ello. O seguramente no. Porque fue Ella quien lo dijo, no ella.

Podía escuchar su corazón latir acalambrado, exhausto de tanto latido abatido, ahogado en lo salado de lágrimas estériles, abotagado de tanta vena sangrante. Pudiendo entender que tapar y callar nunca resuelve nada, pero se camufla como la mejor solución posible. Escapar. Ella no era ella.

“No sé quién pueda comprobar si todo es una foto”. No sé. Pero ese momento era una foto. Sentada ella, o Ella, no sé. Sentado yo. Enfrentados ambos. Vernos sin sentirnos. Los dos pares de ojos buscando otros dos pares de ojos. Pero encontrando nada, como siempre.

Tengo la seguridad que ella, no queriendo serlo, era Ella.

domingo, mayo 15, 2011

Melancolía

Nunca llega a una posición fija de las agujas, sino que se aparece entre un intervalo acotado de minutos, entre las 8 y las 9 de la noche. Tampoco toca el timbre, ni aplaude para anunciarse. Simplemente cuando menos cuenta me doy, ya está por ahí. Quizá viene porque desea encontrar algo de calor – quizá escuchó aquella canción que reza “pero a veces hasta el más idiota merece un poco de calor” – o quizá viene porque encuentra algún punto en común entre nosotros. Y cuando viene camina por aquí y por allá. Se entremezcla en los recuerdos ya embalados y abre las cajas de la memoria.

…Y puedo vernos acostados sobre aquel empedrado, sobre elevado, sobre uno de los laterales de la ruta, en esa magnífica circunvalación gris, viendo las estrellas, riendo y haciéndonos promesas que depositamos en el viento. Aunque más tarde, llegué a saber que las golondrinas, al igual que el viento, juegan, se arremolinan, pasan sobre nuestras cabezas, pero siempre vuelven. El viento pasa y nunca vuelve.

… Abre otra caja y puedo vernos en aquella tarde gris, de lluvia, en febrero, queriéndose escapar hacia la lluvia y yo impidiendo que se moje; en un tierno tire y afloje, frente a los ojos de gente que nos tomaba quizá por adolescentes divertidos, otros por adolescentes enamorados y otros simplemente por dos estúpidos, hasta que todo condensó en una caída y risas estallando a mares. Y besos.

Pero ya mi mirada no es la misma y se dio cuenta. Porque jugar con recuerdos es casi jugar con nafta y fósforos. Pero qué le puedo decir, si viene porque quizá se siente a gusto a jugar con mis recuerdos.

…Otra caja abierta. Estamos sentados en los primeros asientos del ómnibus; Tú recostada un poco en mí, adormecida por el vaivén propio del viaje, yo mirándote descansar. Tus ojos cerrados, tus labios rosados, dejando entrever algún dejo de sensación placentera, tus mejillas tersas, suaves y blancas como su propia alma.

Ya eso de revolver tan frenéticamente en cajas de recuerdos ajenos no es tan placentero y cuando el placer comienza a desaparecer, crece de manera directamente proporcional la impaciencia. Sin embargo, no se amedrenta de mis gesticulaciones y continúa en lo suyo.

…Ahora nos veo caminando, tomados de la mano, por aquellas calles de las que nunca supe su nombre ni su numeración, en aquella tarde nublada, señalándome todos los negocios en los que a diario comprabas cosas. Y mucho más no recuerdo pues a las frases casi no te las dejaba terminar porque te las interrumpía con mis besos, quizá inoportunos, sin embargo añejos de pasión.

Y miro el reloj. Y son las 8:40 PM. Y no llegó. Y creo que ya no llegará. No esta vez. Hoy la Melancolía habrá encontrado alguien más a quien hacer recordar y “sería una pena que un día me dieras por muerto (…) y me dejaras un tajo en la cara y un viaje al dolor por condena…”, como dirían los de Callejeros…

domingo, febrero 27, 2011

Esa Tumba que Hoy es Mi Asiento

Ven. Ven conmigo. Sólo extiende tu mano abierta y apoya tu palma sobre la mía; que apenas se rocen y se sientan. No...nada digas. Solamente deja esas cosas aquí, despójate de todos esos eslabones hechos de temores, de incertidumbres, de dudas, de sufrimientos. Simplemente deja tu alma libre junto a la mía para que ellas viajen sin cadenas por el éter insondable para los cuerpos y las materias concretas…

Pero Ella no se embarcó. Cada tanto, siempre el mismo día de cada mes, viene a poner flores en mi tumba. Yo la veo, sentado en la lápida. La escucho llorar sus sufrimientos, intentar lavar sus miserias y sus penas. Hasta la he visto hincarse de rodillas frente a esa piedra gris que hoy es mi asiento en este mundo. Me he puesto de pie y he caminado hasta quedar a su lado y he podido ver cuán suaves siguen siendo sus cabellos, que aún mantienen ese color cobre que tanto asombro me solía causar; aún pude ver lo terso de la piel de su cuello ahí donde algunos últimos cabellos crecen a su mero antojo y se autoproclaman libres y se enrollan al viento; aquellas mejillas fáciles de sonrojarse ya perdieron su color a vergüenza y pudor y sus labios se pintaron de una añeja esperanza desesperanzada y agobiada.

Cuando una caricia posé en su cuello, como lo solía hacer, Ella se corrió y emanó una injuria al viento. Se dio media vuelta y se fue diciendo “Maldito viento, que siempre me intentas arrastrar a los recuerdos, como si no supieras que de ellos siempre trato de escapar, pero siempre, cada mes, ese escape me trae hasta acá”. Yo también me di media vuelta y comencé a volver…

domingo, noviembre 21, 2010

De tormentas dentro de Tormentas...

Imprevista e ingenua. Sí, esos son las dos cualidades de esa gota que vino de lo alto, desde aquellas grises nubes que parecían como aletargadas en esa noche aletargada. Esa gota cayó hasta tocar el suelo; quisiera decir que tocó con suavidad el suelo, que imitó la caída de una suave pluma, pero no, debo decir que golpeó el suelo con violencia, violencia que quedó esparcida por el aire. E imitáronla otras tantas, otras miles de gotas, una procesión de gotas para dar lugar a lo que ordinariamente cualquier incauto diría, una tormenta. Así comenzó, con las gotas empezando a teñir los colores de otros colores algo más oscuros, liberando de la prisión desconocida hasta hoy al aroma de la tierra mojada – ¿serán las gotas las llaves de esa secreta prisión que encierra ese mágico aroma? – Cuando ya todo era humedad y colores apagados, cuando todo parecía que todo sería una sucesión de cuadros idénticos, el primer relámpago surcó el cielo en una especie de gigantesco chispazo efímero y seguidamente, sin hacerse esperar demasiado, quizá por competencia o qué sé yo, gritó presente el primer trueno, con esa voz ronca y potente. Y de la misma manera que sucedió con las gotas, comenzó el desfile de relámpagos seguidos de truenos desfilando por el cielo, por el aire, delante de estos dos pares de ojos que sin decir palabra alguna hasta entonces eran los mudos espectadores del momento. Así siguieron esos dos pares de ojos, viéndolo todo, así siguieron esos dos pares de oídos escuchándolo todo, aunque esos dos pares de labios nada dijeron. Cuánto tiempo paso, nadie lo sabe. A nadie le importó. El espectáculo seguía y entonces una voz se dejó oír: “otra tormenta ha de empezar, una tormenta ha de empezar dentro de otra tormenta”. “¿Una tormenta dentro de otra tormenta?” repitió Ella para sí misma. “No lo comprendo”, agregó. “Afuera caen gotas frías, afuera estallan los efímeros relámpagos que cabalgan en indomables truenos, mientras que aquí, en este cuarto, dentro de estas dos pares de paredes, estallarán las caricias, explotarán nuestros labios en trémulos besos, nuestras almas se fundirán en un único abrazo…” dijo él. Aunque no pudo terminar de encadenar las palabras, porque unos labios dulcemente opresores, los de Ella, imperceptiblemente ya se encontraban posados en los de él. Afuera, la tormenta continuaba su ininterrumpido desfile, adentro, recién acababa de comenzar…