Te vi en ese preciso momento en que una grupo de mascarados dejaron el sendero etéreo para que mis ojos chocaran contra ti misma. Magia aparte, tal vez realmente algo de mí chocó contra Ti pues tus ojos hirieron a los míos, con una estocada perfecta, digna del más hábil entre los samuráis. En ese momento pensé que tal vez eras la Medusa de la que habla la mitología, reencarnada quizá por obra de quien sabe qué dios, pues me sentí lo más parecido a la piedra de la que está hecho el mundo. Gris, inmóvil, pétreo. Pude ver tus ojos, o lo que creo que eran tus ojos, a través de los ojos de tu máscara. Y me mirabas. En silencio, inmaculada, insensible; clavabas esa mirada-puñal en mi carne una vez para volver a hacerlo una vez más, una vez más, sintiendo como la carne comienza a desgarrarse en sensaciones que no encuentran analogía en las palabras. ¿Cómo es que sea posible encontrar tanto placer en tanto misterio? Pues nada de Ti podía ver, pero sentía que podía verte completamente en la esencia de Ti misma. ¿Qué podría esconderse debajo de ese rostro nacaradamente pétreo y tan sutilmente inexpresivo que al mismo tiempo lo expresaba todo? Si hasta creo que podía verme en mi propio reflejo en esa máscara-tortura que llevabas y que, paralelamente, todo a cerca de Ti lo ocultaba.
Cuando el éxtasis de la agonía comenzaba a transformarse en una plegaria librada al viento, cuando todo parecía comenzar a desaparecer para ocupar el lugar que ocupan las cosas desaparecidas en lugares ocultos y olvidados, fríos y húmedos quizá, cuando ya no quedaba lugar para una sola mirada más, cuando sólo quedaba espacio para extinguirse simplemente en polvo de estrellas…en ese momento otra oleada de mascarados me arrebató de las manos-garras de una dulce y agónica extinción. Cuando esa fila de incautos encubiertos en sus trajes brillantes como el sol que acompaña a la lluvia en verano pasaron, Tú, mujer de Venecia, ya no estabas. Aquellos incautos e insensibles mascarados me devolvieron la certeza de saber que aún estoy aquí, ahora, pero me arrebataron la duda de saber qué hubiera ocurrido si un segundo, tan sólo un segundo más, tu mirada me hubiera desagarrado; me arrebataron la posibilidad de saber que hubiera sido de mí mismo si tan sólo un segundo más, me hubieras mirado.
Cuando el éxtasis de la agonía comenzaba a transformarse en una plegaria librada al viento, cuando todo parecía comenzar a desaparecer para ocupar el lugar que ocupan las cosas desaparecidas en lugares ocultos y olvidados, fríos y húmedos quizá, cuando ya no quedaba lugar para una sola mirada más, cuando sólo quedaba espacio para extinguirse simplemente en polvo de estrellas…en ese momento otra oleada de mascarados me arrebató de las manos-garras de una dulce y agónica extinción. Cuando esa fila de incautos encubiertos en sus trajes brillantes como el sol que acompaña a la lluvia en verano pasaron, Tú, mujer de Venecia, ya no estabas. Aquellos incautos e insensibles mascarados me devolvieron la certeza de saber que aún estoy aquí, ahora, pero me arrebataron la duda de saber qué hubiera ocurrido si un segundo, tan sólo un segundo más, tu mirada me hubiera desagarrado; me arrebataron la posibilidad de saber que hubiera sido de mí mismo si tan sólo un segundo más, me hubieras mirado.
