Quisiera tener
la cama más pequeña del mundo
para que la única manera de dormir,
cada noche,
sea abrazado a tu cuerpo.Quisiera tener
la cama más pequeña del mundo
para que la única manera de dormir,
cada noche,
sea abrazado a tu cuerpo.“Porque de ésta vida nada esperé, y por coherencia, he partido a buscar lo que, justamente, no quise quedarme esperarlo.”
El Sol ha hecho de la cúspide de la bóveda celeste su hogar, ha elegido ese lugar quizá por algo de vanidad, ya que todos los que estamos aquí no estamos para verlo a él, tampoco para verla a Ella, en un sentido literal. Estamos aquí por Ella, pero no para ver a Ella.
Son estos momentos en los que la mente comienza como a tener voluntad propia, y resuelve comenzar a revolver en cajones etéreos en busca de esos recuerdos que se fueron acumulando, y clasificando algunos con un cierto criterio arbitrario, y a otros, clasificándolos con un criterio consensuado entre el alma y la razón. Y así vuelvo sobre mis pasos pasados y pisados, y puedo verla llegar, acercarse a la mesa que yo ocupaba. Viene con esa sonrisa tan translúcida, tan propia de Ella, con un cierto aire de picardía disimulada por diversión. Y con un beso rápido, pero bien profundo e intenso, me saludas y te sientas enfrente mío. Tus ojos vivos, tan llenos de luz se posan en los míos, y me parece que después de esa mirada, ya nada volverá a ser como lo era antes. Para mucha gente le es difícil creer que una mujer tan llena de luz y de vida se entusiasmara en charlar en torno a la muerte, y no tan en torno porque la abordaba con toda pasión. Es casi creer que a Ella la muerte le diera vida. Su rostro, sin más adornos que unas mejillas siempre sonrojadas, unos labios tersos y rosados, gesticula al compás de sus palabras que prácticamente terminan conformando un cuasi monólogo porque me dedico a escucharla y asentir en silencio. Hasta que dice: “que realmente no espero nada de la vida. Y para ser coherente conmigo misma, eso implica que si no espero nada de la vida tampoco debería esperar la muerte, considerando que la muerte es parte de la vida”. Ya el ovillo comenzaba mostrar su cabo, ya comenzaban a desentrelazarse los hechos. Ciertamente era medio desconcertante verla hablar de la muerte con tanta luz y vida. Ciertamente. Este es el último café que la veré tomar.
Y salimos a caminar por las calles y a mirar el retorno del Sol hacia sus aposentos nocturnos. Juntos caminamos por muchas calles, nos detuvimos enfrente de muchas luminosas vidrieras, aunque tanta luz quedaba opacada por tanta vida. Así y todo, me rehusaba a aceptar que Ella se iría hacia quien sabe dónde, buscando eso que solamente Ella sabía qué era. También me rehusé a preguntarle si lo que yo pienso es lo que Ella ya decidió o si quizá yo me equivoqué. Así caminamos hasta llegar a estar parados enfrentes de la puerta de entrada de su casa. Y es aquí en donde a todo lo veo muy lejano y debo cambiar los tiempos verbales hacia los pasados. Porque si bien esos fueron los últimos minutos que la vi, en ese momento es como si ya hubiera dejado de verla, como si Ella ya se hubiese ido. Cuando traté de hilvanar alguna frase medianamente coherente y di muestras de quererla expresar, Ella posó un dedo en mis labios y luego los besó. Lágrimas se entregaron a las leyes de Newton y se abandonaron en mis mejillas. Ella tomó algunas y las guardó en una de sus manos. Dijo algo así como que “eran el mejor regalo que podía ofrecerle porque las lágrimas son una especie de mezcla líquida de sinceridad, y algo de amor”. Y tenía razón. Giró y abrió la puerta que la llevaría a su decisión. Cuando se hubo cerrado me di cuenta que la puerta era negra, quizá como si tratara de dar una especie de veredicto. O de presagio. Qué se yo. Y ahí parece que los recuerdos se traspapelaron.
Ahora me veo de pie aquí, en este día hermosamente soleado. Parado en enfrente de la lápida en la que Ella decidió escribir:
“Porque de ésta vida nada esperé, y por coherencia, he partido a buscar lo que, justamente, no quise quedarme esperarlo.”
Por las dudas, la leo en voz baja, porque las grandes ideas encuentran fácilmente asilo en mí, y acabo de recordar que de Ella me despedí con un “hasta luego”…Nunca llega a una posición fija de las agujas, sino que se aparece entre un intervalo acotado de minutos, entre las 8 y las 9 de la noche. Tampoco toca el timbre, ni aplaude para anunciarse. Simplemente cuando menos cuenta me doy, ya está por ahí. Quizá viene porque desea encontrar algo de calor – quizá escuchó aquella canción que reza “pero a veces hasta el más idiota merece un poco de calor” – o quizá viene porque encuentra algún punto en común entre nosotros. Y cuando viene camina por aquí y por allá. Se entremezcla en los recuerdos ya embalados y abre las cajas de la memoria.
…Y puedo vernos acostados sobre aquel empedrado, sobre elevado, sobre uno de los laterales de la ruta, en esa magnífica circunvalación gris, viendo las estrellas, riendo y haciéndonos promesas que depositamos en el viento. Aunque más tarde, llegué a saber que las golondrinas, al igual que el viento, juegan, se arremolinan, pasan sobre nuestras cabezas, pero siempre vuelven. El viento pasa y nunca vuelve.
… Abre otra caja y puedo vernos en aquella tarde gris, de lluvia, en febrero, queriéndose escapar hacia la lluvia y yo impidiendo que se moje; en un tierno tire y afloje, frente a los ojos de gente que nos tomaba quizá por adolescentes divertidos, otros por adolescentes enamorados y otros simplemente por dos estúpidos, hasta que todo condensó en una caída y risas estallando a mares. Y besos.
Pero ya mi mirada no es la misma y se dio cuenta. Porque jugar con recuerdos es casi jugar con nafta y fósforos. Pero qué le puedo decir, si viene porque quizá se siente a gusto a jugar con mis recuerdos.
…Otra caja abierta. Estamos sentados en los primeros asientos del ómnibus; Tú recostada un poco en mí, adormecida por el vaivén propio del viaje, yo mirándote descansar. Tus ojos cerrados, tus labios rosados, dejando entrever algún dejo de sensación placentera, tus mejillas tersas, suaves y blancas como su propia alma.
Ya eso de revolver tan frenéticamente en cajas de recuerdos ajenos no es tan placentero y cuando el placer comienza a desaparecer, crece de manera directamente proporcional la impaciencia. Sin embargo, no se amedrenta de mis gesticulaciones y continúa en lo suyo.
…Ahora nos veo caminando, tomados de la mano, por aquellas calles de las que nunca supe su nombre ni su numeración, en aquella tarde nublada, señalándome todos los negocios en los que a diario comprabas cosas. Y mucho más no recuerdo pues a las frases casi no te las dejaba terminar porque te las interrumpía con mis besos, quizá inoportunos, sin embargo añejos de pasión.
Y miro el reloj. Y son las 8:40 PM. Y no llegó. Y creo que ya no llegará. No esta vez. Hoy la Melancolía habrá encontrado alguien más a quien hacer recordar y “sería una pena que un día me dieras por muerto (…) y me dejaras un tajo en la cara y un viaje al dolor por condena…”, como dirían los de Callejeros…
Si entras a mi habitación me verás sentado en el suelo, a la par de la cama. En el regazo estará mi guitarra, que quizá es lo único que es de mi propiedad, sin tener en cuenta aquella tristeza astral que vaga por cada una de las fisuras de mi alma; que a veces gana la batalla interna y se enarbola gloriosa llevando en su mano derecha la espada de la victoria con la que desgarra cualquier intento de sofocarla con alguna idiota aventura; y en su mano izquierda algún pedazo de mi propia identidad, sobre la que se autoproclama dueña y Señora. “Es tan fácil romper un corazón” grita un Miguel Mateos encerrado en los speakers.
Mi mano derecha sostendrá algún recuerdo añejo como las Lavandas de Fulton y que aun intento evitar que se oxide, de tanta lágrima concentrada que dejo caer de vez en siempre. Y una vez que el óxido gana la partida, y se propaga, más dolor genera. Porque en un intento de borrarlo, los abrasivos desgarran la carne frágil.
Mi mano izquierda retendrá los acordes menores de una canción oscura, inspirada en algún tema de The Cure quizá, pero que tomé la historia como propia y en la que me desangro un poco cada vez que la toco. “I know i'll never really get inside of you / to make your eyes catch fire”.
Sobre la cabecera de la cama, en la pared, estará colocado un dibujo de Victoria Francés, de esos en las que se puede ver a una chica gótica llorando lágrimas hemoglobinizadas sobre alguna tumba pétrea y fría, escudriñada por un oportuno cuervo azabache de ojos penumbrosos, y que lleva en sus plumas el polvo de una montaña de amores erosionados, de esos que alguna vez fueron y que hoy no lo son.
El aire emponzoñado de melancolía, cargado de estridulaciones que lamentan los designios de dioses malévolos, acompaña la instantánea. Si tienes suerte, por la ventana podrás ver la Luna. Esa Luna en la que a veces cuando la veo fijo, desde adentro, jamás desde afuera, me parece ver el rostro de ese destino burlarse de las llagas que marcan mi alma y que intento suturarlas con algunos hilos de arañas curiosas, que anidan en los cajones de una memoria de recuerdos polimerizados en una masa amorfa y sin sentido.
Si te veo entrar por esa puerta, sabré que por fin he cambiado de mundo y que ahora volvemos a estar en el mismo. Hasta quizá, como recompensa, algún periódico me dedique algunas páginas…