sábado, marzo 05, 2011

Señor Doctor Mariano Moreno


"La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo: si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento, harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria."


Leo estas palabras y cúanta pena siento por saber que se cumplieron 200 años de su muerte, este pasado 4 de marzo. Así rindo mi homenaje a quien entregó su vida por este país, y como es esperable en casos como los de este Señor, apenas algunos lo recordamos.

En la completa Paz y Gloria viva eternamente Señor Doctor Mariano Moreno.

domingo, febrero 27, 2011

Esa Tumba que Hoy es Mi Asiento

Ven. Ven conmigo. Sólo extiende tu mano abierta y apoya tu palma sobre la mía; que apenas se rocen y se sientan. No...nada digas. Solamente deja esas cosas aquí, despójate de todos esos eslabones hechos de temores, de incertidumbres, de dudas, de sufrimientos. Simplemente deja tu alma libre junto a la mía para que ellas viajen sin cadenas por el éter insondable para los cuerpos y las materias concretas…

Pero Ella no se embarcó. Cada tanto, siempre el mismo día de cada mes, viene a poner flores en mi tumba. Yo la veo, sentado en la lápida. La escucho llorar sus sufrimientos, intentar lavar sus miserias y sus penas. Hasta la he visto hincarse de rodillas frente a esa piedra gris que hoy es mi asiento en este mundo. Me he puesto de pie y he caminado hasta quedar a su lado y he podido ver cuán suaves siguen siendo sus cabellos, que aún mantienen ese color cobre que tanto asombro me solía causar; aún pude ver lo terso de la piel de su cuello ahí donde algunos últimos cabellos crecen a su mero antojo y se autoproclaman libres y se enrollan al viento; aquellas mejillas fáciles de sonrojarse ya perdieron su color a vergüenza y pudor y sus labios se pintaron de una añeja esperanza desesperanzada y agobiada.

Cuando una caricia posé en su cuello, como lo solía hacer, Ella se corrió y emanó una injuria al viento. Se dio media vuelta y se fue diciendo “Maldito viento, que siempre me intentas arrastrar a los recuerdos, como si no supieras que de ellos siempre trato de escapar, pero siempre, cada mes, ese escape me trae hasta acá”. Yo también me di media vuelta y comencé a volver…

domingo, febrero 13, 2011

Madrugada Sonrojada

Mis ojos comenzaron a escrutar aquel oscuro éter que todo lo inundaba en ese momento, siendo toda la imagen que ellos me daban una oscuridad espesa, cargada de algo que no sé qué era, pero que la hacía más oscura. Con el pensamiento que tiene el tacto, mis dedos comenzaron a buscar ese interruptor del velador, que justamente llegó para interrumpir esa noche cerrada, esa noche dentro de mi habitación. Mis ojos se sintieron lastimados ante la claridad, que no era mucha, pero que entregaba mi lamparita de 40 watts. No hacía calor, no vi ni escuché pasear a ningún mosquito, no entraba más ruido por la ventana abierta que el sonido del silencio de la madrugada. Sí, estaba despierto a media noche y no sabía por qué. Cosas de Mandinga, dicen. Así y todo, así acostado como estaba, decidí levantarme, quizá con la esperanza de encontrar en la cocina, o tal vez en el cuarto de baño, ese sueño que se había escapado de mí. Como era de suponer, porque al parecer en las madrugadas nada escapa de la cordura, o por lo menos en mi casa, no lo encontré. En el cuarto de baño, alguna gota asomaba vergonzosa por la terminación de la grifería. Quería escapar, quería saltar y dejarse abandonar a los caprichos de Newton y su ley, y así lo hizo, por fin, dejando escapar un grito húmedo, casi un quejido ahogado. Era su destino. En la cocina, todo era calma, calma iluminada. La lamparita incandescente entregaba su producto en el más aplicado de los silencios, sin pedir más nada a cambio que algún insecto revoloteador que la acompañe en su silenciosa labor. Así estaba el panorama, todo en calma, como cada madrugada. Bah!, imagino que cada madrugada transcurre en calma, porque a decir verdad, cada madrugada estoy durmiendo, a diferencia de esta. Viendo la alacena como terreno a explorar, no dude y busqué el café para, por lo menos, amenizar tanta calma silenciosa. El aroma vino a hacerme compañía, y con su timidez intrínseca, nos quedamos mirándonos sin decir palabra alguna. Aunque no tardó en hacerse cada vez menos denso y más lábil, y cuando intenté decir algo, me encontré hablando solo, a mi taza vacía. Cuando sentí el fresco en mi rostro me di cuenta que la noche me encontraba en la terraza intentando encontrar algo, que no encontré. La fachada de los edificios estaban dormidos a esas horas, en completo aquietamiento salvo por algunos vidrios que delataban algún alma inquieta, o sonámbula en una de esas. De repente, me encontré viendo aquel cielo que se vería plomizo si fuera de día, pero como era de noche y las nubes estaban bajas, o más bajas que de costumbre, reflejaban la luz anaranjada de las luces de las calles. Por eso el cielo se veía naranja con algunos salpicones de tinte negro. Un cielo atigrado. O un tigre color de cielo. De repente, vi asomar la luna. Y pensé en qué gesto habrá tenido mi cara, porque vi que la Luna estaba sonrojada. Y me sonrojé por verla sonrojada. Y quién sabe cuánto estuve en aquella terraza y cuánto vi aquella Luna avergonzada porque de repente todo empezó a cambiar: se puso un poco más fresco el aire, todo comenzó a cambiar de color. El sol ya asomaba en el este. El día había llegado. La Luna se había ido. El sueño había vuelto. Mi cuerpo estaba de nuevo acostado. Mis oídos recibían la noticia de que esa madrugada que recién se había esfumado, había tenido lugar un eclipse Lunar. Me dormí con la esperanza de que tal vez, en una de esas, quizá, mañana la Luna sí se sonroje al verme...

sábado, febrero 05, 2011

Ocaso café

Sí. Fue en una tarde cómo esta en la que pasó aquello. Te recuerdo en ese atardecer anaranjado y tornasol de aquella taza de café, apenas iluminado por unos cuantos minúsculos cubitos de azúcar, acompañada por el gorjeo de esa brillante cucharita que chocaba las paredes de la taza, elevando un sonido que más que a golpe, parecía una plegaria estridulada elevada al Cielo; acariciando los pétalos de aquellos crisantemos, que tan dócilmente se entregaban a la suave prisión de tu dedos, bordados en tu ropa; con el aire inundado del aroma de aquellas danzas añejas, jugadas por el vapor de mis sensaciones… Pero qué más puede quedar por agregar ahora. Simplemente que pagué el café y me fui a caminar.

domingo, enero 23, 2011

ese mail concreto...

Mis pasos me llevaron hasta ese lugar – Patrimonio Nacional, leí por ahí – que hasta ese entonces solamente conocía “por fuera”, desde la vereda. He caminado bajo la lluvia, abrazado por el Sol, o cuando éste se oculta tras de algún cúmulo de nubes. Siempre viéndolo desde afuera. Hoy lo veo desde adentro. El edificio del correo.

-¡Buenos Días!

- Buen día…

- Mire, le explico. Yo nací en 1988, sí, un año un poco intrascendente quizá. Bueno, esto quizá no le importe, le pido disculpas, sigo. Y verá, a los 10 años ya manejaba una computadora: la prendía, la apagaba, pasaba algunas horas delante de ella. Y bueno, así pasaron los años ¿vio? Hasta estos días, en los que ya aparte de manejarlas, a las computadoras claro está, más o menos las entiendo: memorias RAM, overlock, particiones físicas y particiones lógicas, coolers, sistemas operativos, Linux vs Microsoft – yo prefiero Microsoft, hasta el día de hoy, pero bueno cuestión de gustos ¿no? – algún conocimiento en programación, HTML… Le ofrezco disculpas, lo estoy aburriendo. Ahora, el punto es, mire. Tengo este sobre, dentro del cual hay una hoja de papel escrita por mí, una carta ¿vio? Tiene mi letra de puño y alma mío, sí, toda la parafernalia. Realmente el tema es…cómo hago para…

- ¿Enviarla?

- Sí, para enviarla. Nunca envié una carta “real”. Si, si, no me mire así. He enviado cientos de mails, e-mails, como le guste llamarlos, pero nunca una carta por el correo tradicional.

- Tiene que colocar sus datos en el frente del sobre…

- Sí, ahí están…mis nombres – Carlos Marcelo – mis apellidos – Bustos Dalbesio – y la dirección de vivienda. Además el código postal de San Miguel de Tucumán – 4000 – y todo eso…

- Bien, ahora el remitente…

- El remitente. ¿El remitente? O sea, cómo decirlo. Digo, cómo lo escribo. Mmmmm….

- Y escríbalo de la misma manera que sus datos, pero sobre la solapa de la parte de atrás del sobre…

-Aha, mmmmm, pero…

-Pero, ¿qué parte no entiende?

- Y….

- A ver amigo, ¿a quién quiere enviarle esa carta?

- A mi corazón.

-

martes, enero 18, 2011

Estación Cielo


Qué decir. Digo que subí a la Montaña. Digo que bajé de la Montaña. Digo que viví en la Montaña. Aunque de todo lo que pude vivir en ella, y que a decir verdad, lo que más grabado quedará será tan sólo una pregunta hecha. A saber: ¿qué fue lo que diste con Amor? A saber mi respuesta, la cual no tuve que pensarla ni darle muchas vueltas: N A D A. El ego por el piso, enterrando la cabeza en el suelo como los avestruces, si es que realmente lo hacen.

Sí, ¿qué fue lo que diste con Amor?


sábado, diciembre 18, 2010

Corazón y pedacitos de corazón

Hoy salí de casa, con menos esperanzas de las que nunca tengo, con menos palabras de las que soy dueño y con el corazón en mis manos. Si es que eso puede llamarse corazón después de todo, después de nada. Porque lo que realmente llevaba en aquellas manos mías, eran, literalmente, pedazos de algo que alguna vez fue, piezas hechas jirones deshilachados de aquella carne trémula que alguna vez supo ser, fibras desgarradas por el paso de las emociones y oxidadas por el paso del tiempo. Esguince de aurículas y ventrículos quizá. Caminaba sin mirar mis pasos en el suelo y con la idea de que todos harían un paso al costado para dejarme pasar, hasta alguno quizá se ofrecería a enmendar aquellas piezas desparramadas por mis manos. Pero no. Así caminaba, mirando mis manos, hasta que de repente otras manos me detuvieron porque esas envolvieron a aquellas. Ella envolvió con sus manos las mías y las apretó. Y era capaz de sentir como mi corazón, disculpas, como los pedazos de mi corazón se apretaban entre sí y contra la piel de mis manos que los aprisionaban, y nada podía hacer, mis fuerzas no estaban. Podía sentir cómo aquellos trocitos se ahogaban en sus últimos latidos asfixiados y cómo dejaban manar la sangre que alguna vez les dio vida. Cuando ya era todo silencio, entre nosotros, entre y dentro de nuestras manos, quise ver su rostro, porque no me había percatado de mirar sus ojos, de ver que expresión tendrían sus mejillas al ver que las mías se estrujaban de pena, ver que mueca se dibujaba en su boca al ver que la mía ni una palabra era capaz de hacer brotar. Cuando levante la vista nada había, nadie estaba. Cuando bajé la vista a mis manos, tampoco nada había. Todo había desaparecido. No había corazón, disculpas una vez más, no había pedacitos de corazón, no estaba aquella sangre que había sentido manar de ellos, no había otras manos que acunaran las mías. Ahora menos que siempre, fui incapaz de pronunciar palabra alguna. De hacer mueca alguna. Quise gritar mis silencios pero tampoco pude. Quise correr mis pasos pero tampoco pude. Quise respirar mis ahogos pero tampoco pude. Quise hacer nada pero tampoco pude. Por eso seguí caminando, con las manos juntas delante de mí, porque ahora quería que volviese a su lugar aquello que primeramente había sido hecho añicos, y que ahora había sido robado: mis pedacitos de corazón, disculpas…mi corazón.

domingo, diciembre 12, 2010

Mujer de Venecia


Te vi en ese preciso momento en que una grupo de mascarados dejaron el sendero etéreo para que mis ojos chocaran contra ti misma. Magia aparte, tal vez realmente algo de mí chocó contra Ti pues tus ojos hirieron a los míos, con una estocada perfecta, digna del más hábil entre los samuráis. En ese momento pensé que tal vez eras la Medusa de la que habla la mitología, reencarnada quizá por obra de quien sabe qué dios, pues me sentí lo más parecido a la piedra de la que está hecho el mundo. Gris, inmóvil, pétreo. Pude ver tus ojos, o lo que creo que eran tus ojos, a través de los ojos de tu máscara. Y me mirabas. En silencio, inmaculada, insensible; clavabas esa mirada-puñal en mi carne una vez para volver a hacerlo una vez más, una vez más, sintiendo como la carne comienza a desgarrarse en sensaciones que no encuentran analogía en las palabras. ¿Cómo es que sea posible encontrar tanto placer en tanto misterio? Pues nada de Ti podía ver, pero sentía que podía verte completamente en la esencia de Ti misma. ¿Qué podría esconderse debajo de ese rostro nacaradamente pétreo y tan sutilmente inexpresivo que al mismo tiempo lo expresaba todo? Si hasta creo que podía verme en mi propio reflejo en esa máscara-tortura que llevabas y que, paralelamente, todo a cerca de Ti lo ocultaba.

Cuando el éxtasis de la agonía comenzaba a transformarse en una plegaria librada al viento, cuando todo parecía comenzar a desaparecer para ocupar el lugar que ocupan las cosas desaparecidas en lugares ocultos y olvidados, fríos y húmedos quizá, cuando ya no quedaba lugar para una sola mirada más, cuando sólo quedaba espacio para extinguirse simplemente en polvo de estrellas…en ese momento otra oleada de mascarados me arrebató de las manos-garras de una dulce y agónica extinción. Cuando esa fila de incautos encubiertos en sus trajes brillantes como el sol que acompaña a la lluvia en verano pasaron, Tú, mujer de Venecia, ya no estabas. Aquellos incautos e insensibles mascarados me devolvieron la certeza de saber que aún estoy aquí, ahora, pero me arrebataron la duda de saber qué hubiera ocurrido si un segundo, tan sólo un segundo más, tu mirada me hubiera desagarrado; me arrebataron la posibilidad de saber que hubiera sido de mí mismo si tan sólo un segundo más, me hubieras mirado.

lunes, diciembre 06, 2010

De aquellos besos férreos

Hoy me pierdo en tus labios, una vez más, sí, una vez más, como lo vengo haciendo cada vez que mi alma se siente acongojada, triste, sola. Hoy, una vez más rozaré tus labios con mis dedos para sentir ese tibio candor húmedo que gobierna en ellos desde que los conocí, en esa apacible tarde templada de febrero, en aquellos pequeños cerros que viven en mi memoria desde aquel día. Y Tú no te rehusarás a los míos, como lo vienes haciendo desde entonces. Y ambos dejaremos que los minutos pasen en completo silencio, ese silencio que tanto adoramos y que es nuestro más fiel confidente. Hermoso terreno carmín, lugar en el que mis labios encuentran asilo cada vez que ellos lo necesitan, dulce espacio en el que las palabras pierden su esencia dejando su espacio para los besos, ingenuos y desesperanzados, tiernos y cálidos, la pasión consumada en su máxima expresión, la etérea pasión condensada y materializada en algo casi palpable a los sentidos. Y los minutos pasarán y pasarán: despreocupados, mansos, tranquilos…Y así será hasta que nuestros labios se conozcan una vez más. Y comenzarán sus eternos juegos, sus eternas idas y venidas, sus eternos ida y vuelta; se rozarán para sentirse uno al otro, para poder convertir esos minutos fugitivos y etéreos en pequeñas gotas de tiempo, eternas, que perdurarán sobre ellos quien sabe cuánto: quizá una eternidad, quizá dos, o tres. Y ellos reirán, tal como lo hacen los nenes en las plazas, y jugarán, tal como lo hacen los nenes en los parques, se buscarán, se encontrarán, se rozarán, se reconocerán. Y así estarán, hasta que de tanto cariño y fulgor nazca ese gusto deliciosamente férreo que tanto amamos, que es para nosotros la muestra fehaciente de nuestra pasión, de nuestra tristeza. Ellos sangrarán una vez más, una vez más. Y reiremos, y lo haremos a carcajadas, porque sabemos encontrarnos en donde nace la tristeza, porque no convertimos nuestra eterna tristeza en cariño, sino que la mezclamos con cariño y disfrutamos de ello. Porque no cambiamos las cosas, sino que las vivimos tal como ellas son en su naturaleza. Y las disfrutamos así. Porque amamos compartir la tristeza que vive dentro de nosotros...

martes, noviembre 30, 2010

Muchacha Punk, de Rodolfo Fogwill



“…colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi…”

domingo, noviembre 21, 2010

De tormentas dentro de Tormentas...

Imprevista e ingenua. Sí, esos son las dos cualidades de esa gota que vino de lo alto, desde aquellas grises nubes que parecían como aletargadas en esa noche aletargada. Esa gota cayó hasta tocar el suelo; quisiera decir que tocó con suavidad el suelo, que imitó la caída de una suave pluma, pero no, debo decir que golpeó el suelo con violencia, violencia que quedó esparcida por el aire. E imitáronla otras tantas, otras miles de gotas, una procesión de gotas para dar lugar a lo que ordinariamente cualquier incauto diría, una tormenta. Así comenzó, con las gotas empezando a teñir los colores de otros colores algo más oscuros, liberando de la prisión desconocida hasta hoy al aroma de la tierra mojada – ¿serán las gotas las llaves de esa secreta prisión que encierra ese mágico aroma? – Cuando ya todo era humedad y colores apagados, cuando todo parecía que todo sería una sucesión de cuadros idénticos, el primer relámpago surcó el cielo en una especie de gigantesco chispazo efímero y seguidamente, sin hacerse esperar demasiado, quizá por competencia o qué sé yo, gritó presente el primer trueno, con esa voz ronca y potente. Y de la misma manera que sucedió con las gotas, comenzó el desfile de relámpagos seguidos de truenos desfilando por el cielo, por el aire, delante de estos dos pares de ojos que sin decir palabra alguna hasta entonces eran los mudos espectadores del momento. Así siguieron esos dos pares de ojos, viéndolo todo, así siguieron esos dos pares de oídos escuchándolo todo, aunque esos dos pares de labios nada dijeron. Cuánto tiempo paso, nadie lo sabe. A nadie le importó. El espectáculo seguía y entonces una voz se dejó oír: “otra tormenta ha de empezar, una tormenta ha de empezar dentro de otra tormenta”. “¿Una tormenta dentro de otra tormenta?” repitió Ella para sí misma. “No lo comprendo”, agregó. “Afuera caen gotas frías, afuera estallan los efímeros relámpagos que cabalgan en indomables truenos, mientras que aquí, en este cuarto, dentro de estas dos pares de paredes, estallarán las caricias, explotarán nuestros labios en trémulos besos, nuestras almas se fundirán en un único abrazo…” dijo él. Aunque no pudo terminar de encadenar las palabras, porque unos labios dulcemente opresores, los de Ella, imperceptiblemente ya se encontraban posados en los de él. Afuera, la tormenta continuaba su ininterrumpido desfile, adentro, recién acababa de comenzar…

domingo, noviembre 14, 2010

Madrugada/Amanecer de Domingo

Y la noche quedó detrás de mis espaldas, el calendario dirá que hoy es domingo, el reloj dirá que son las 7:11 AM, el sol dirá que este es un nuevo amanecer, los benteveos y los gorriones dirán que este es un nuevo día. Sin embargo, mi mente seguirá girando, andando, caminando dentro de mi cabeza. Una madrugada pasó, una madrugada más que deja paso a una nueva oportunidad. Este nuevo sol, bordado en este nuevo cielo azul profundo, es el reflejo mismo de una nueva oportunidad, una nueva oportunidad de creer que todo vuelve a empezar (deja vu!! En este momento!!), que la vida me permite jugar una vez más, una nueva chance de creer que aún puedo llegar a ser aquel que ayer no fui, que hoy y ahora no soy, y que mañana tampoco seré. Y puedo sentirlo, puedo ver que las cosas renacen, que los sentimientos vuelven a ser lo sinceros que siempre fueron, que este fresco ambiente y esta brisa, apacible y despreocupada que no pide permiso y se cuela por la ventana, llegan profundo, tocanme el alma. Puedo ver el sol sin encandilarme, puedo sentir el fresco sin tiritar, puedo sentir sin temer. Ven nuevo día, con tu nuevo aire a cuestas, con nuevas hojas arrancadas de las ramas, con nuevos aromas desprendidos de las flores, con nuevas abejas ensimismadas en fabricar la versión material de la dulzura misma, con nuevas mariposas en busca de delicioso néctar para libar, ven nuevo día y dame la oportunidad de hacer sueños realidad, dame la oportunidad de jugar una vez más, una vez más.

martes, noviembre 09, 2010

Hoy. Ahora.

Hoy. Ahora. Ahora solamente seamos nosotros, al mismo tiempo que somos todos los demás, todo el resto del mundo. Simplemente seamos, y juguemos, juguemos hasta que el tiempo se nos acabe y no nos quede más de él, dejemos que se escape por entre nuestros dedos, cual arena de esos relojes vítreos, pero no sin disfrutarlo. Seamos los niños que fuimos antaño y que dejamos de serlo porque olvidamos que la vida es un eterno juego. Corramos. Caminemos. Sonrojémonos. Dejemos simplemente de ser algo para ser algo más, algo que una vez fuimos pero que hoy no somos porque tememos ser. Tómame de una mano, aférrala. Yo posaré mi otra mano suavemente en tu cintura, con la misma delicada suavidad con la que se posa una mariposa en alguna flor olvidada por todo el resto del mundo. Y así bailemos. Bailemos juntos, lento, ojos enfocando otros ojos-espejo, con la respiración entrecortada por el éxtasis de la emoción, sintiéndonos sentirnos, frente al resto del mundo, frente a los flashes de bombillas apagadas, o solos, qué más da. Si el momento es nuestro, solamente nuestro. Si la vida es nuestra. Y así hasta que todo termine. Y si pecamos qué más da. Si alguien nos juzga, riamos. Porque fuimos felices. Porque seremos felices sabiendo que alguien, alguna vez, en algún tiempo, escribirá sobre nosotros; algún escritor al que llamarán maldito contará nuestra historia. Porque, según algunos y muchos quizá, ese escritor maldito dirá que reímos porque fuimos-somos felices. Bailemos…

sábado, noviembre 06, 2010

Una Fotografía



La magia que reside en una fotografía. Hoy por hoy no tengo idea de quien es la niña que me acompaña en el baile. No se que será de su vida ni nada... Pero es quizá la fotografía que más me agrada de las que conservo. Realmente me agrada muchísimo y no se porqué. Quizá en eso desconocido reside el agrado...

lunes, noviembre 01, 2010

de aquel corazón roto en pedazos

Yo lo vi caer. Yo fui testigo de su caída. Como si hubiera recibido una flecha certera, que impacta su objetivo justo en donde debía de impactar, como aquel guerrero que cae en medio de la batalla derrotado, como un viejo árbol alcanzado por un rayo en una cálida noche de tormenta. Así lo vi caer. Como un cántaro soltado por la mano que lo sostiene, entregado a los efectos de la gravedad y las leyes de Newton. Así cayó. En silencio, abatido, y se desparramó en mil pedazos, en miles de ellos quizá. Así fue como mi corazón cayó a sus pies cuando la vi.