…Y tenías esa manía de
alisar tu cabello, y me quitabas el placer de enredar mis dedos en tus rizos de
cobre, y suavemente, muy suavemente, tirar de ellos, y justo antes de que una
mueca se escape de tu boca, asfixiarla con mis labios…
Nuestra respiración se había acoplado. Nuestros
movimientos se habían unificado. Mi cabeza descansaba sobre los cabellos que
bañaban tu cuello…Un leve espasmo te devolvió a la realidad, y te diste cuenta
de que el agua comenzaba a teñirse de rojo hemoglobina. Sólo en ese momento te
diste cuenta de que yo había tenido la mejor de las muertes: morir en tu pecho.
Y en ese mismo momento te diste cuenta que Tú tendrías la peor de todas tus
muertes: la de vivir la mía…
-¿Cuántas historias podían caber en tu pocillo de café?
¿Cuántas caricias cabían entre tus manos? ¿O cuántos besos podías esconder
entre tus labios? ¿Cuántas miradas mías recordaban tus recuerdos? ¿Cuántas
palabras se enredaban en tu garganta? ¿O cuántas habías olvidado sobre tu
almohada? ¿Cuántos sueños hibernaban en el cuarto cajón de tu cómoda?
Ella nunca
respondió. Pero logré entender que todo eso, y más aún, cabía en uno solo de
sus silencios…
Crucé el ventanal que me llevaba de cara a la calle,
pero más arriba que la calle en sí misma. La miraba desde un segundo piso.
Llegué hasta la baranda que separaba (¿acaso lo separaba?) el suelo ¿acaso
firme? del éter y puse mis manos en ella. Pensé un momento, y al siguiente,
acomodé mis antebrazos en la misma baranda, dejando caer levemente el cuerpo.
Levanté la cabeza y vi que esa Luna estaba colgada del cielo oscuro, rodeada de
varias estrellas y nubes. Rodeada de madrugada. Era curioso, acercarse hasta
una baranda y no pensar en saltar al vacío, quizá sólo con el ferviente deseo
de sentir el aire cortándome la piel, quizá con el deseo de algo más…
Simplemente estar apoyado en ella, confiando en su seguridad inmaterial, de
garantías invisibles. Cambié. Esa fue la respuesta a una pregunta que fue tan
tácita como jamás pronunciada. Y mi cabeza tenía nuevamente combustible para
quemar, huesos para roer hasta dejar la médula oxidándose en el aire vivo.
Evité hacer la siguiente pregunta que se desprendería de la primera; decidí
prescindir de hacerla porque la respuesta ya estaba en la puerta de la mente.
Ella. Estaba a la par mía, diciéndome que la noche estaba fresca, hermosa. Y
cuánto habría por descubrir en esa sonrisa lábil, en esos ojos brillantes de
juventud, en ese cuerpo que ofrecía
cobijo… cuánto. Cuánto. Y por dentro de mí, corría el dilema del erizo
corrompiendo lo más humano y terrenal que tenemos. Había que decir algo, había
que hacerla reír, había… y mis recuerdos ya no recuerdan.
Sólo me quedé con el sabor del momento, con el fresco de la
madrugada en los labios, y su sonrisa jugueteando ruidosamente por los pasillos
de mi alma, prendiendo la luz donde por años la oscuridad había sido dueña y
señora.
Podría
inventar, o mejor dicho, encadenar palabras unas con otras, darles un sentido
metafórico, que sean mieles para tus oídos, pero que de ninguna manera dejen de
ser simples utopías. Podría, sí, soy capaz de decirte bien cerca de tu oído que
viajaría a la Luna, robaría un trocito de ella misma y lo traería para que cada
vez que la mires sepas que estuve ahí por Ti. O podría decirte que en tus ojos,
el Sol brilla como en ninguna otra parte. O quizá, que si vez, un día
cualquiera, que una abeja se enreda en tus cabellos es porque son más dulces
que el néctar que puede libar de cualquier flor. Que mi corazón late porque el
tuyo lo hace, y juntos entonan un ritmo plácido que más que a sístole y
diástole suena a campanas de cristal bajo la luz que penetra en algún mar
olvidado del Edén. Y la lista podría continuar con algunas frases más.
Podría
prometerte que serás el amor de mi vida. Que toda mi vida es tuya, que mi vida
está en tus manos. Que juntos vamos a construir una vida llena de alegrías,
como el canto de un quetupí. Que juntos podríamos buscar perlas de luz en las
noches más calurosas de esta ciudad gris, y en las más frías, darnos calor con
melodías suaves y sencillas cantadas al unísono al abrigo de la luz tenue de
nuestro cuarto.
Podría.
Pudiese. Puedo. No serían más que mentiras escondidas bajo las sedas de
palabras dulces, tiernas, que ocultan la simiente de algo que nunca dará una
flor.
Porque prefiero, sencillamente, decirte que soy
éste que vez delante de Ti. Temblando, nervioso, de manos heladas y ojos
tristes. Que no tengo casas para ofrecerte; que quizá no viajemos demasiado
lejos; que autos no me gustan manejar; que normalmente hablo mucho menos de lo
que pienso; que algunos miedos se enquistaron y son inmunes a mis embates de
canciones de aliento y lecturas de motivación; que la química me seduce. Que
sólo tengo este par de brazos a los que les puedes pedir que te abracen cuando
lo desees; que este par de manos ansían enredarse en tus cabellos,
desordenarlos, para luego disfrutar acariciarlos; que solamente puedo llegar a
ser este par de labios que desean morir posándose en los tuyos; que sólo soy
este cuerpo en el que puedes encontrar calor cuando lo necesites. Que después
de todo, solamente soy un par de manos que escriben lo que un par de labios no
se animan a decir. * El texto lo escribí hace más de un año (figura en el archivo de Word con fecha del 1º de Agosto de 2011). Sabrá Dios pensando (o sintiendo a quién) lo habré escrito jaja. Lo presento a falta de algo más novedoso :P
Y de
repente se encontró queriendo abstraerse de todo y de todas las cosas, detrás
de esos ojos marrones (¿acaso delatores?); querer traspasar el vidrio, pero
hacia atrás, sin que atrás sea volver porque nunca estuvo de ese lado del
vidrio, porque siempre estuvo de espaldas al vidrio. Dejarse envolver, con
fuerza de puños apretados al cielo, por una realidad densa, como un ectoplasma
húmedo, mohoso, casi inmundo, que ahogue sus palabras y las retenga, y luego
las diluya hasta hacerlas nada. Porque se dio cuenta de que estaba lleno de esa
basura de vida feliz, de buscar algo que nunca nadie, pero nadie, le supo
definir (a él, que su mente todo buscaba definir), influenciado por esa
corriente posmoderna (¿acaso posmoderna?) de buscar los límites, sólo para
darse cuenta que detrás de ellos siempre existe un vacío sin sistemas solares,
sin estrellas. Y que además, su Rayuela se iba desdibujando día tras día, la
tiza arrancada del suelo por la brisa de los “tiempos mo-der-nos”, y así fue
perdiendo esa capacidad de sentirse Horacio, de estar sentado al borde de la
ventana (porque muchas veces estuvo sentado al borde la ventana, por eso
conocía tan bien la sensación), de dejarse… y paf se acabó.
El despertador gritó que ya era hora de
levantarse y volver a la realidad, a esta realidad.
Trasmontaña. Una palabra que para el común de los tucumanos (los
que vivimos en la provincia de Tucumán, Argentina) es mínimamente conocida.
Como lo era para mí (soy tucumano), hasta hace apenas unos días atrás. Y hoy,
Trasmontaña significa muchas cosas, muchísimas. Todas emociones, sensaciones…
Técnicamente, el Trasmontaña es un rally de mountain bike de a
parejas, de punto a punto. Son 45km de tierra, barros, ríos con poco agua,
senderos, raíces, todo entre 700 y 1400 msnm. Pero eso es técnicamente. El Trasmontaña
para mí es otra cosa.
El Trasmontaña es pedalear cansado viendo la rueda de mi
amigo-compañero, escuchando decirme “¿Venís bien? “ Y, decir “sí” aunque a las
piernas apenas las sienta. Porque eso es el Trasmontaña. Es pedalear porque tu
compañero está tan cansado, o más, que vos y sin embargo, sigue adelante. Tu
compañero es el que te espera, te alienta, te da las fuerzas que él mismo no
tiene. El que en su cara las dudas no aparecen. El que tiene la vista puesta en
llegar, como sea, pero siempre pedaleando hacia adelante.
Y llegás, ves aquel arco con la palabra “Llegada”, ahí arriba, y
te parece que si levantás la mano lo tocás… Y
la gente que no te conoce, que se acerca a esperar a los suyos por
llegar te alienta, te aplauden, sonríen, te saludan… Y escuchas a los que
sentís tuyos, a los que fueron a apoyarte, a decirte “te veo en la llegada”,
los que cuando te vieron pasar te gritaban “¡vamos que venís bien!”. Y te
olvidás del cansancio, del hermoso dolor, del calor, del sudor. Y te acercás a tu
compañero en su bici y lo buscás para pasar bajo ese bendito arco junto a él. Y
lo pasás. Y llegaste.
Y todo el mundo, todo el universo, toda tu vida en ese momento,
ES ESE MOMENTO. Buscar a tu compañero para abrazarlo, para decirle “Gracias”. Y
sentir que el tiempo ya no existe, ni el cansancio, ni el sudor, ni alguna
herida…
El Trasmontaña es eso: un momento que escapa del tiempo para
quedar por siempre lacrado en lo más hondo de tu alma.
¡Gracias David por estar siempre conmigo y por haberme dado fuerzas
todo el tiempo!
¡Gracias a Enrique, a Camilla, a Isolda, a Ezequiel, a Facu, a
Flopy!
¡Gracias a Todos los que en la carrera dieron una palabra que
fue importante para llegar a la meta!
Te
miro. Te miro en esta mañana. Tu dormida, quizá viajando por universos nuevos y
magníficos. Yo mirando la forma en la que respiras, sin sonidos, con calma, y
deseando ser ese aire que por un momento vivió dentro de ti. Miro tus ojos,
cómo ellos apenas se mueven, quizá porque saben que los miro y se sonrojan.
Miro tus labios rosados, en los que se dibuja una mueca neutra. Miro la luz que
entra por aquella ventana, y se cuela por entre la cortina, bañando cada parte
de tu piel, mezclándose con el aire y haciendo que brille en una caricia
tornasolada. Y así te miro, por un tiempo que pierde su esencia, y se resbala
por entre las sábanas, y de nuestras manos. Y no puedo contener el deseo de
pasar una mano sobre los cabellos que reposan sobre tus mejillas. Y entonces,
suavemente, te mueves y abres una vez los ojos. Y sonríes. Y los cierras,
porque aun la luz es demasiado brillante. Los abres nuevamente, y mirándome
buscas los míos, espejos de los tuyos. Entonces vuelves a cerrarlos, y respiras
con fuerza y te mueves aún un poco más. Y para entonces, yo cierro mis ojos,
esperando que caigas de boca sobre mi boca. Y cuando la oscuridad ya ha alzado
la voz de la victoria, siento tus labios, y ya todo cobra sentido. Y puedo
verlo. Y es en ese instante, en que Tú te vuelves luz, en esa luz al final del
túnel. Del oscuro y gótico túnel…
Y entonces, suelta las palabras, las letras, las sílabas.
Escúpeme, escúpeme todas sensaciones que callaste,
todas las palabras que escondiste por vergüenza,
por vergüenza de aceptar que tu vida era poesía,
que era caricias condensadas.
Y abofetéame en la mejilla,
con todos los dedos que siempre escondiste.
Y te diré lo que siempre creí, aquello que nos mantuvo en pie:
que siempre todo fue poesía, palabras acarameladas, viscosas,
oxígeno del fuego, combustible de las almas;
nacidas para ser consumidas sin reparos, sin remordimientos, sin
cautela.
Porque de este mundo nos vamos y sólo ellas quedan:
nuestras palabras.
miércoles, mayo 30, 2012
G
olpeó la puerta exactamente cuando el reloj mostraba las 6:23 AM,
y lentamente la abrió. El pasillo en tinieblas a esa hora resaltaba aún más su
forma de ser y de estar ese lunes. “Lunes,
porqué el Lunes no se llama Osvaldo, Marcelo, Cronopio o Mentol, qué se yo…
Porqué el Lunes se tiene que llamar Lunes…” Yo apenas sonreí a la
ocurrencia de pensar en el porqué de los nombres de los días, cuestión más de
una vez meditada, y que siempre, pero siempre, terminaba con aquel mismo “queseyo”.
Esa forma sonora, dulcemente sonora, de entrar hacía ver que, después de todo,
ese Lunes comenzaba como todo buen Lunes. “Lunes
sin Luna en esta ciudad que a todos nos devora”. Pero hay té caliente,
algunas tostadas, mermelada de manzana y ganas de reír un poco, le dije. Caminó
hasta donde la esperaba con aquel desayuno tibio y desperezado, haciendo ruido
en el piso con sus zapatos negros de tacos aguja. Cuando le comenté que con
aquellos zapatos no podría caminar sobre las nubes, dada la poca superficie de
apoyo que incrementaría enormemente la presión, y que las nubes, justamente, no
soportan demasiada presión (gracias cátedra de Física I), me respondió “que hoy no tengo pensado despegarme del
suelo, pero de todas formas, siempre habría una segunda nube, debajo de la
primera, que podría detener la caída”. Y lo dijo convencida. Y me pregunté,
pero sin levantar la voz, cuándo fue que perdí esa capacidad de inventar nubes,
abejas, lanas de colores extravagantes, teorías amorfas, pero dulces al fin, y
cosas por el estilo. “Cuando rehusaste a
creer que la vida es un camino sólo de ida”, me dijo. Y tomé algo de té,
mirando cómo sus ojos se encendían bajo la luz amarilla. Le dije que me gustaba
cómo sus labios de amoldaban al color rojo carmín que llevaban encima, y
respondió que “es el color del corazón, y
que hoy, amanecí con el corazón entre los labios.” Y una sonrisa
desvergonzada se dibujaba en ellos…
Llueve. Las gotas despliegan
todo su concierto sobre el techo metálico (aluminio para ser exacto): un
concierto monótono, consistente en un solo sonido parco. “Las gotas suelen
doler a veces”, pienso y me encojo de hombros. El agua esta fría. Pero menos
que mis sonrisas, y siento algo de alivio.
Debate. Salir a caminar en
esta noche de lluvia, de lluvia de diciembre. Las gotas caerán en las llagas
que quedaron de aquel tiempo. Correrán por las venas casi abiertas, casi compitiendo
con los eritrocitos por el espacio, con la hemoglobina por el oxígeno.
Filtrarán. Humedad en el alma. No. Mi alma ya tuvo demasiada septicemia
sentimental, ya tuvo demasiada fiebre emocional, ya tuvo demasiadas
convulsiones. Debe hacer reposo. 48 hs. en cama, un té con miel al despertar y
otro a media tarde. Y quizá sane. “La humedad no es buena para el alma”,
pienso. Y me digo a mi mismo que sí. “Que tanta humedad me hará mal”.
Camino. Ya estoy caminando por
las veredas angostas de baldosas flojas de San Miguel de Tucumán. Salí sin
paragüas (lo olvidé en un bondi hace tiempo y no compré otro por eso de que “A
Little rain never Hurts no one”) y con un par de sueños en la mano izquierda.
Pero tropiezo y caen al agua que corre por el costado de la calle, debajo del
cordón cuneta. Vacilo. Intento tomarlos de nuevo, pero me detengo en el último
momento para dejarlos escapar. Quizá a otro les sirvan más que a mí. “Después
de todo vivir sin sueños se puede”, me digo. “Basta con ver a la gente
caminando”. Pero no. En realidad me equivoqué: la gente vive en sueños, no sin
ellos. Qué más da. La corriente ya los ahogó.
Silencio. Las gotas caen en
silencio. Yo las miro caer en silencio. Las veo estrellarse en silencio,
despedazarse en otras gotas satélites, éstas hijas de las primeras, y que
comparten el destino de sus progenitores: nacer para caer, para caer, para
caer, para caer, para caer. Caer. Caer.
Mamá falleció el 7 de enero,
en una soleada y calurosa mañana de verano. Falleció en la cama de un Hospital,
luego de estar 15 días en la
Unidad de Terapia Intensiva para pacientes en estado crítico.
A las 10:30 como consta en su Acta de Defunción. Causa: Paro Cardiorrespiratorio.
Se fue de este mundo en
silencio, como estuvo sus últimos 15 días. Apenas un día, o dos, quizá haya
reconocido mi voz cuando le hablaba mientras le peinaba sus cabellos, gesto que
solía hacerlo cuando yo era chiquitito en edad. “Vení Mamá, que te voy a lavar
el pelo” le decía, y me pasaba largo rato con el peine y el cepillo (el mismo
que Ella usaba conmigo cuando yo era bebé, y que atesoro hoy en día) acariciando
sus negros cabellos, esos mismos que, a sus 57 años, casi no tenían otros
plateados entremezclados. Eran tan suaves, tan finos como hermosos.
Siempre me preguntaré qué
habrá sentido Ella, en esos 15 días de casi total inconsciencia ¿Se habrá
sentido sola? ¿Habrá querido llorar? ¿O habrá conocido algún lugar que, a los
que seguimos en esta realidad no está vedada la entrada? ¿Habrá entrado en los
sueños de algún/a alguien para despedirse? Preguntas. Preguntas. Preguntas
respondidas a medias, sin certezas, sin seguridades.
Esa es la parte más dura para
nosotros, a los que nuestra mente todo quiere entender. Porque los que se van,
se llevan las respuestas a las preguntas que nosotros formulamos, en un cuasi
acto de masoquismo. Porque sabemos de antemano que las respuestas serán
provisorias, inconclusas, plagadas de quizás y faltas de certezas.
Hoy escribo desde mi casa
natal, esa misma en la que Mamá vivió sus últimos 24 años, más o menos, y la
que yo abandoné por mis estudios hace 6. Y todo me recuerda a Ella. Y mi mente
se niega a dejarla ir. Busco cosas que tengan su huella, para poder sentirla
conmigo. Pero he de aprender a sentirla conmigo de otra forma. Porque creo que
su alma ahora es libre de las ataduras de este mundo y su realidad, de las
cadenas que envolvemos en derredor nuestro mientras dura lo que dura nuestra
estancia por estas tierras… Ella ahora tiene la oportunidad de volver a jugar…
Ella nunca tuvo temor a morir.
Siempre lo dijo, siempre me lo enseñó. Y sé que no lo tuvo. Porque lo vi en sus
ojos, cuando nos apretamos las manos y emprendimos la travesía que duró esos 15
días. Esta vez, Ella se fue y yo fui el que se quedó a despedirla. Subió al
tren sin palabras de despedida, sin darse vuelta a mirar, sin pegar su mano en
el vidrio de la ventana del “runaway
train”… Quizá porque, después de todo, algún vacío habrá sentido al saber
que debía emprender su viaje sola, sin aquellos a los que nos regaló su luz
todos estos años. A mí me la regaló por 23 años, y sólo me quedan palabras de
agradecimiento para con Ella.
Sé que nuestras almas se han
de encontrar más adelante… Porque hoy el tiempo ya no es mucho, porque hoy el
tiempo ya no es poco, porque hoy el tiempo ya no es tiempo…
-Charly, ¿cómo la
recuerdas hoy 2 de Noviembre de 2011?
-Carlos, la recuerdo como si hubiese sido un vilano que,
volando en el viento, vino a posarse entre mis manos. Que algo tenía que
aprender de Ella, que era necesario que las cosas fuesen como fueron para poder
madurar, y que comiencen a decantar todas aquellas cuestiones sin sentido que,
durante años, moraban en mi alma. “Que
mis miedos sientan temor”. Así la recuerdo, como el recuerdo de algo que
fue, que lo disfruté, que lo sonreí, que lo lloré un sinfín de veces, que la
cuestión parecía ser un espiral sin comienzo y sin final, que todo siempre
terminaba en donde acababa de comenzar… Y después de todo, o después de nada
quizá, ahora sé que Ella, sólo fue la vida misma… Así la recuerdo, Carlos…